Que semana…

Luego de las elecciones venimos fatal:
Cumbre y contra cumbre
Borocoto
Pelea con supermercados
Huelga de Aerolineas
Despido de Lavagna
Populismo a full….

Las siguientes son opiniones de Joaquin Morales de Sola

29 de noviembre
Joaquín Morales SoláEl análisis de la noticia Más kirchnerismo, más izquierda

Más kirchnerismo, más disciplina interna y un corrimiento hacia la izquierda.

En ese párrafo se encierra, tal vez, la definición de los cambios producidos ayer en su gabinete por el presidente Néstor Kirchner. La lectura presidencial de los resultados electorales de hace un mes lo llevó, evidentemente, a la conclusión de que un importante porcentaje de la sociedad lo votó a él y a su proyecto político e ideológico. Guste o no, la conclusión es sólo parcialmente cierta.

Felisa Miceli será la continuidad de Roberto Lavagna en las ideas de la política económica reinante; fue su discípula y su eficiente colaboradora durante mucho tiempo. Sin embargo, desde hacía rato había sido cooptada políticamente por el liderazgo del Presidente. Entre las virtudes de Miceli, que no son pocas, nunca sobresalió la de contradecir a Kirchner. Quizás la economía no sentirá la falta de Lavagna. Su ausencia se notará, en cambio, en los momentos en que la nación política requiera una voz potente, y con personalidad propia, en el corazón del Gobierno.

Kirchner, como se ve, detesta las indisciplinas o las disidencias.

No resulta casual que Lavagna y Rafael Bielsa, los dos únicos ministros que le plantearon frontales disidencias en la administración, hayan terminado fuera del Gobierno y de mala manera. Más allá de las formas protocolares que han respetado los dos ex ministros, cae de maduro que ambos se fueron distanciados de Kirchner y destratados por el oficialismo.

Kirchner es siempre fiel a sí mismo. Dicen que juró que los toleraría a los dos sólo hasta las elecciones últimas y así lo hizo, sin vueltas.

Jorge Taiana no era el reemplazante que podía desear Bielsa. Taiana, hijo del célebre médico peronista que firmó los certificados de muerte de Perón y de Eva Perón, pertenece a una corriente ubicada más a la izquierda de Bielsa. Kirchner le pagó su lealtad de más de dos años: siempre mantuvo informado al Presidente de los secretos de la Cancillería.

Preso largamente durante la dictadura militar, Taiana no suele mostrar, sin embargo, esos pergaminos. Hombre racional, con experiencia diplomática previa en la OEA, el único obstáculo que podría significar su designación es que no constituye una señal inmediata de reconstrucción de la relación deteriorada con los Estados Unidos.

Fuentes oficiales señalaron que será el Presidente quien liderará esa reconstrucción y que para eso necesitaba a un hombre de su confianza en el Palacio San Martín. Esto es: no quería a un canciller que tuviera juego propio en Washington y que podría haber eclipsado al propio jefe del Estado.

El problema de Nilda Garré no es su pasado de militancia en la izquierda, pues ya en los últimos años había hecho un giro hacia el centro al lado de José Octavio Bordón, primero, y de Carlos “Chacho” Alvarez, después. El problema lo acaba de crear ella al defender al indefendible Hugo Chávez en sus escaramuzas con el gobierno de George W. Bush. Cometió un error político y un error diplomático: la embajadora de un país no debe meterse en los conflictos entre dos naciones extranjeras.

Ese antecedente, que es muy reciente, significa también una señal poco propicia. La nueva ministra de Defensa deberá lidiar con dos problemas, sobre todo: la relación militar particular que existe con los Estados Unidos y las consecuencias de la caída de las leyes de perdón, que significará, en los hechos, la prisión de centenares de militares.

El nuevo gabinete no tendrá, por lo tanto, la personalidad de Lavagna, la independencia intelectual de Bielsa ni la influencia componedora de José Pampuro, un político ducho y con muchas raíces tendidas en el peronismo bonaerense.

* * *

Detengámonos en Lavagna. Su salida fue la única que no estaba pautada por razones poselectorales. El Presidente decidió entonces cruzar el río, sin necesidad y sin ver la otra orilla. No hay experiencia de un gobierno de Kirchner sin Lavagna, porque éste era preexistente al Presidente en la administración. No había disensos de fondo entre los dos, porque pensaban casi las mismas cosas cuando imaginaban la economía argentina.

Hubo siempre, sí, una monumental diferencia en los estilos personales. Lavagna es un hombre de posiciones firmes, pero que nunca abandona las buenas formas, la puntualidad y el diálogo. ¿Quién podría ser, entonces, más distinto de Kirchner que el ministro que se fue?

La relación entre ellos venía mal desde hacía mucho tiempo y no dejó de influir, tampoco, la habitual competencia de los presidentes con sus ministros de Economía exitosos.

Sin embargo, poco después de las últimas elecciones, en la primera y única semana de paraíso político que vivió la Argentina en mucho tiempo, Kirchner deslizó que Lavagna se encaminaba, si continuaban sus conquistas económicas, a convertirse en el candidato del oficialismo para jefe del gobierno porteño en 2007. “No tendremos mejor candidato que él”, dijo en su momento.

¿Qué sucedió en los últimos días para que cambiaran tales pronósticos?

Se han dado muchas razones para el abrupto final de la víspera, que, como lo dejó establecido Lavagna, fue una decisión del propio Kirchner y no de él. Kirchner le confesó ayer a Lavagna que nunca digirió su indiferencia durante la campaña electoral. Lavagna le contestó lo que luego insinuó en público: Duhalde lo designó ministro y la embestida contra él fue brutal. “No acostumbro a actuar indignamente”, aclaró.

Otro argumento presidencial fue la presencia de Lavagna en el coloquio anual de IDEA, en Mar del Plata, pero éste fue el cuarto año consecutivo que va a ese encuentro empresarial. Es cierto que el Presidente se había enfrentado públicamente, antes, con el presidente del coloquio, Alfredo Coto. Pero, ¿podría ser ese simple gesto de su ministro más importante y exitoso una causal de despido?

Hay algo que no se nombró, aunque no hubo una razón más grande que el enorme enfado presidencial por el discurso del ministro saliente en la Cámara de Construcción, en la semana última, cuando denunció presuntos hechos de cartelización entre empresas de la construcción vinculada con las obras públicas.

* * *

No era una novedad, es cierto, pero las palabras del ministro saliente colocaron en el debate público hechos de supuesta corrupción (aunque nunca habló de ella), que la oposición tomó como bandera de sus denuncias. Esas denuncias refieren a recursos que controla el Ministerio de Planificación, que es casi una extensión del área presidencial. Y Kirchner aborrece que asocien a su administración con supuestas prácticas corruptas.

Poco después, el dirigente piquetero kirchnerista Luis D´Elía mandó a Lavagna a su casa públicamente. Aunque cueste, hay que aprender a tomar a D´Elía en serio. Lo embistió a Duhalde y Kirchner se peleó con Duhalde. Ahora lo echó a Lavagna horas antes de que Kirchner pusiera punto final a la gestión de Lavagna. El ministro saliente detesta que lo zamarreen en público. Presidente y ministro estaban ofendidos y así pasaron el último y tenso fin de semana, uno en Olivos y el otro en Cariló. Ninguno de los mensajes que se intercambiaron era de reconciliación.

¿Hay vida aún?, se le preguntó a un importante colaborador de Lavagna en la noche del domingo último. “No, en las actuales condiciones”, respondió con meritoria sinceridad. Las horas estaban contadas.

Ni siquiera un olfato político de mezquindad hizo cambiar al presidente de opinión. Después de todo, Lavagna se ha ido en el mejor momento de la economía argentina y después de haber hecho uno de los canjes de deuda más exitosos que se conozcan. Cuenta con el respeto y el conocimiento de vastos sectores internacionales y nacionales. La plataforma política está hecha. Ayer, el propio Lavagna comenzó a hablar como un político colocado en la gatera: se dirigió a la sociedad argentina para recordarle que hubo un trabajo mutuo entre ella y él mismo, sin intermediarios. Hay una candidatura en ciernes para 2007.

Los preocupantes índices inflacionarios, las zigzagueantes negociaciones con el Fondo Monetario, la actualización de las tarifas de los servicios públicos, la resolución de la pugna salarial lanzada por los sindicatos de Hugo Moyano, la posibilidad de índices menores de crecimiento el año próximo, todo deberá ser ahora afrontado por el propio Kirchner. El gobierno es sólo Kirchner, sin matices ni indisciplinas, tal como le gustó que fuera, siempre.

Por Joaquín Morales Solá
Para LA NACION
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30 de noviembre
Joaquín Morales Solá
Adentro, disciplina; afuera, caos

La Argentina es un paisaje extraño: no se admiten indisciplinas a diez metros a la redonda del Presidente, pero una contumaz indisciplina social está haciendo estragos en la vida común de los argentinos.

La más salvaje –y grave– huelga aeronáutica que se recuerde preocupa, pero, al parecer, no ocupa al gobierno de Néstor Kirchner. Los piqueteros oficialistas remedaron ayer el boicot a Shell y a Esso y arremetieron contra los supermercados Coto, pocos días después de que el Presidente se enojara con el dueño de la empresa, Alfredo Coto.

Roberto Lavagna se fue del Gobierno en su mejor momento por sus aires de independencia. Rafael Bielsa dará hoy el canto del cisne como canciller, en Iguazú, luego de haber demostrado que su cabeza no tiene dueño. La disciplina cercana fue una necesidad imperiosa para el Presidente, más grande, incluso, que el reconocimiento al ministro de Economía que participó personalmente de la campaña que hizo presidente a Kirchner.

Kirchner le pidió en su momento a Lavagna –y éste aceptó– el anuncio de que seguiría siendo ministro si el entonces candidato presidencial ganaba las elecciones. Cualquiera que fuere la explicación oficial, lo cierto es que en el altar de la disciplina han muerto valiosos ministros de Kirchner.

Un poco más allá comienza la indisciplina y el caos. El hecho más notable de la bárbara huelga en Aerolíneas Argentinas es que su mentor intelectual está sentado dentro del Gobierno y tiene jerarquía de subsecretario de Estado. Es el titular de Transporte Aéreo, Ricardo Cirielli, que no sólo lidera el sindicato de los mecánicos aeronáuticos; también influye notablemente en el gremio de los pilotos, el otro sector en huelga.

Una huelga en Aerolíneas Argentinas significa, lisa y llanamente, la parálisis del transporte aéreo en el país; esa compañía controla el 90 por ciento del mercado aeronáutico de cabotaje. Los argentinos están sin aviones, los dramas personales no se resuelven y los turistas se van de la Argentina prometiendo que nunca volverán.

Ningún resorte del Estado funcionó anteayer para despejar la autopista hacia Ezeiza. Otra vez los pasajeros de otras compañías aéreas debieron caminar con sus valijas a cuestas hasta la terminal aérea. No hay sólo un conflicto político; hay también una saña inhumana.

Con todo, los huelguistas deben sentir que alguna mano poderosa los apoya. Por primera vez en décadas desoyeron de manera campante una orden de conciliación obligatoria dictada por el Ministerio de Trabajo y las consiguientes intimaciones.

Esas actitudes desencadenaron los despidos dispuestos por la empresa, como era previsible, y los sindicatos hasta corren el riesgo de perder la personería jurídica. La conciliación obligatoria es una decisión que se preserva el Estado para obligar a las partes a sentarse a negociar y para levantar las medidas de fuerza.

Pero ¿qué fuerza puede tener una orden del Gobierno cuando el líder de la revuelta está en el Gobierno? Ninguna. Es lo que sucedió.

En Nueva York, en septiembre último, Kirchner oyó el nombre de Cirielli de boca del presidente del gobierno español, Rodríguez Zapatero, cuando, en una reunión bilateral, éste le planteó la situación de Aerolíneas Argentinas. Kirchner se puso tenso. “Ese problema lo resolveré después de las elecciones”, terminó por contestar.

Las elecciones pasaron y ningún problema pospuesto se ha resuelto aún, salvo el de la necesidad de recrear un clima de férrea disciplina interna en su gabinete. Rodríguez Zapatero tiene demasiados problemas internos en España como para correr el riesgo de que las empresas con inversiones en la Argentina (las principales de su país, por otro lado) terminen reclamándole que les soltó la mano ante Kirchner. La relación con España comienza a ponerse otra vez tensa por el descuido presidencial de las inversiones.

Para peor, Cirielli viene promoviendo la “reargentinización” de Aerolíneas Argentina, cuya propiedad está en manos de empresarios españoles. Estos compraron la compañía en el peor momento de la crisis argentina de principios de siglo: ¿por qué deberían irse cuando las cosas han mejorado notablemente?

¿El proyecto de “reargentinización” es sólo de Cirielli? Poco probable. Aunque Kirchner le aseguró a Rodríguez Zapatero que él no quiere nacionalizar la compañía, Cirielli tiene dos jefes muy cercanos al Presidente: el secretario de Transporte, Ricardo Jaime, y el ministro de Planificación, Julio De Vido.

De todos modos, Cirielli y sus protectores deberán buscar un comprador o, directamente, convencer a Kirchner para expropiar la empresa. Aerolíneas Argentinas no es una concesión, sino una propiedad privada.

El Gobierno ha pasado de gritarles a las góndolas a boicotearlas. Aun cuando habrá muchas voces que desmentirán el padrinazgo oficial de los piqueteros que ayer llevaron sus métodos violentos hasta los supermercados Coto, va de suyo que están vinculados con sectores del Gobierno. Los propios piqueteros lo aceptan de manera implícita.

Es el método más antirrepublicano que se conoció en los últimos tiempos: amedrentar mediante fuerzas de choque no figura en ningún manual de una democracia que se precie de tal. Más bien corresponden a regímenes autoritarios o a democracias en francos procesos de devaluación.

Aerolíneas Argentinas y Coto están atravesando momentos graves, una empresa más que la otra. Silencio de los empresarios, empapados más que nada por el temor. Temor y disciplina, que se expanden por la política y por los sectores sociales. Los legisladores, por ejemplo, son patéticos cuando confiesan esperar “órdenes” del Poder Ejecutivo. Pero la decadencia institucional de la Argentina no es sólo culpa de sus políticos, sino también de sus dirigentes sociales.

Un ejemplo de esas confusiones institucionales fue dado por el empresario Enrique Pescarmona, presidente a la vez de IDEA. Percarmona tiene, por lo tanto, una representación más amplia que la de su propia empresa. En un reportaje que le hizo el diario Página 12 confirmó que Kirchner lo había ayudado a hacer un negocio de 200 millones de dólares en Venezuela. Ni sus negocios ni la gestión presidencial son cuestionables.

Es, sin embargo, demasiado alto el precio que pagó. Unos párrafos más adelante, el periodista le preguntó por qué el empresario consideró que “está bien” que el Presidente cuestione a los hombres de negocios. Respuesta de Pescarmona: “El Presidente es el presidente y por eso puede hacer lo que quiera”.

Ningún argentino puede hacer lo que quiera en el espacio público. Y el Presidente es el argentino con menos derecho a hacer lo que se le antoja, porque su persona corporiza una institución fundamental de la República. Lo peor de todo, entonces, es que la confusión sobre la posibilidad de darse todos los gustos en vida no es sólo de Kirchner.

Por Joaquín Morales Solá
Para LA NACION

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