Entre 2005 y 2006 II

El precio de tantos errores políticos
Por Joaquín Morales Solá

¿El pasado? ¿Dónde estuvo? ¿Acaso Elisa Carrió, Roberto Iglesias, López Murphy, Mauricio Macri o Hermes Binner son más viejos que Néstor Kirchner en el trasiego de la política? No. Muchos de ellos ni siquiera habían subido al escenario público cuando ya el actual presidente era gobernador y tenía cargos de conducción en el Partido Justicialista en los años 90.

La refutación es un condimento indispensable de la política, pero los argumentos deben ser fieles. El presidente del reiterado atril pareció exhibir, más que nada, una notable preocupación por lo novedoso. La oposición, errática y desorientada hasta hace diez días, se unió al menos para decirle que no a Kirchner.

No presentó aún un proyecto alternativo al del oficialismo para reformar el Consejo de la Magistratura, pero es posible que lo haga en las próximas semanas. Segura ofuscación de Kirchner. Durante más de dos años y medio, el Presidente pudo nadar en océanos políticos, cuando sólo contaba con unos pocos charcos. La oposición le dio amplios espacios para eso. Ahora se los empezó a retacear.

Dos hechos nuevos, no menores, sucedieron en el calidoscopio opositor. Uno de ellos fue el regreso de Elisa Carrió a la política activa y parlamentaria: ella fue una arquitecta imprescindible de la unión opositora y es, a la vez, la dirigente no kirchnerista que más conoce los métodos y los reflejos políticos del matrimonio presidencial. Pega donde les duele.

El otro hecho fue la renovación de la conducción radical. Los radicales mendocinos (el ex gobernador Iglesias y el líder de los senadores radicales, Sanz) son políticos con un renovado discurso, que vienen, además, de éxitos administrativos y electorales en su provincia. El presidente del radicalismo, Iglesias, que se encontraba en Mendoza, le encomendó al jurista Ricardo Gil Lavedra, de incuestionable trayectoria, su representación en la reunión conjunta de los opositores. Algo está cambiando en el radicalismo, el partido que cuenta con la mejor estructura nacional, pero que perdió el crédito social.

Los peronistas nacen con sensores especiales para detectar cuándo el poder está en peligro. Es lo que le sucedió a Kirchner cuando vio ese arco opositor, que incluyó hasta potenciales aliados suyos, como el socialista Binner. Vehemente y arrebatado, el Presidente no se detuvo a analizar qué hizo para que se le fueran hasta eventuales amigos. Y lo que hizo no fue sólo el contenido de la reforma del Consejo, sino también la forma de intentar sacar esas modificaciones a empellones limpios. Algunos radicales y socialistas, que ven al Presidente con cierta simpatía, se quedaron sin alternativas: debían oponerse. Se opusieron.

Los viejos populistas latinoamericanos solían usar el balcón para entablar una relación directa con sus sociedades. Les incomodaba, en última instancia, la intermediación de los partidos políticos y de los medios periodísticos independientes. El ecuatoriano Velasco Ibarra dejó una frase que ya forma parte de la antología del populismo: Denme un balcón y seré presidente.

El tiempo pasó y ninguna plaza se llena ahora para mirar un balcón donde habla un mesiánico. Pero reina la televisión. Un simple atril y un auditorio de funcionarios adeptos (con más adhesiones al sueldo oficial que a las ideas del oficialismo) hacen las veces del obsoleto balcón. Es el método de Kirchner (que no quiere enfrentar la indagación periodística ni el papel de los partidos) para preservar el único puente que no ha roto en su obsesión por fracturar todo: el que lo une con “el pueblo”, como le gusta decir.

El Presidente venía diseñando un sistema de partidos con dos grandes corrientes, una de centroizquierda y la otra de centroderecha. Se topó en los últimos días con una división diferente. Estuvieron el dócil oficialismo, por un lado, y la resucitada oposición, por el otro. La división no se dio entre derecha e izquierda, sino entre populistas y republicanos, describió un opositor, obviamente.

La oposición tiene sus problemas. Los gobernadores radicales (y el santiagueño Zamora es el que peor papel ha hecho) parecen columpiarse entre su partido y Kirchner. Nada de lo que han hecho los mandatarios radicales ha sido obra de su espontaneidad; órdenes del gobierno nacional les llegaron con furiosas advertencias sobre asignaciones de recursos públicos.

Una cosa es el socialista Giustiniani, senador nacional, más proclive a oponerse a Kirchner, y otra es Binner, diputado nacional, más predispuesto a acercarse a las posiciones del Presidente. López Murphy y Macri nunca terminaron de encontrar la forma de un matrimonio político estable. El duhaldismo se divide entre la oposición y la seducción del poder, que corporiza Kirchner.

En ese contexto, Carrió tomó el lazo y lió las cabezas opositoras. Algunos detalles pertenecen al inservible cotilleo. Vale consignar, en cambio, la decisión de todos ellos de trabajar en conjunto en eventuales proyectos alternativos cuando estén en peligro los principios esenciales. No sólo dirán que no.

Se analizaron demasiado los cambios de Kirchner a partir de sus designaciones ministeriales. Es injusto. Felisa Miceli es una buena técnica y una mejor persona, que deberá demostrar la cuota de poder que tiene con dos decisiones: ¿seguirá el Presidente echando mano a las reservas de libre disponibilidad con simples decretos de necesidad y urgencia? ¿Le entregará al Banco Central los recursos del presupuesto del próximo año destinados a pagarle vencimientos al Fondo Monetario, que ahora ya no sucederán? Si no lo hiciera, estaría usando reservas, de manera indirecta, para financiar obras públicas.

Jorge Taiana (que tuvo ya una cordial reunión con el embajador norteamericano, Lino Gutiérrez) se está mostrando como un profesional serio de las relaciones exteriores. Dos decisiones merecen destacarse. Una: haber reinstalado la costumbre de convocar a todos los embajadores extranjeros para saludarlos por las Fiestas de fin de año; los embajadores se sentían los vagabundos de la política.

La otra: haber designado a dos valiosos diplomáticos de carrera en la conducción de la cancillería (García Moritán, vicecanciller, y la ex canciller Susana Ruiz Cerutti, jefa de la crucial oficina de Asuntos Legales). Taiana sabe que el caso más grave que lo aguarda es Bolivia y su necesaria contención. Bolivia está en condiciones de quebrar el eje de la paz en América latina.

En efecto, el conflicto no lo crean los ministros, sino el propio Presidente. Su manera de fracturar la sociedad, y de encolumnar a la prensa independiente entre sus opositores, lo hace demasiado parecido a Hugo Chávez, que gobierna un país dividido en mitades irreconciliables.

La Argentina no se merece la comparación con la tragedia política venezolana. Y quizás el propio Kirchner no se merezca esa comparación, que detesta al mismo tiempo que promueve. Chávez expresa un militarismo nacionalista que la Argentina enterró hace ya muchas décadas.

Pero ni la problemática argentina es la venezolana ni aquí se están debatiendo cuestiones que no puedan resolverse en un diálogo entre oficialistas y opositores. La inexplicable crispación de los últimos días sólo se explica por la terquedad del Gobierno para creer nada más que en sus módicas verdades. Sólo cometiendo tantos errores logró juntar en la vereda de enfrente lo que estaba dichosamente separado.
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