Entre 2005 y 2006 IV

Un éxito que no despeja dudas

La reestructuración de la deuda y el pago anticipado al FMI marcan comienzo y fin de u>n año en el que el crecimiento del PBI y el aumento de las inversiones son la contracara de un país con el 40% de población bajo la línea de pobreza

Tasas de crecimiento chinas; inflación entre venezolana y rusa; niveles de inversión mejorando paulatinamente pero por debajo de lo que se necesitaría, al igual que los indicadores de desempleo, pobreza y desigualdad social.

Así podría caracterizarse, sucintamente, el heterogéneo comportamiento de la economía argentina al cabo de 2005. Un año que arrancó con un acontecimiento largamente esperado -la exitosa reestructuración de la deuda pública después de tres años de default- y culminó con otro mucho más inesperado: la cancelación anticipada de la cuenta pendiente con el Fondo Monetario Internacional.

Entre uno y otro extremo, este año -dominado por las elecciones legislativas- marcó además el fin del brillante ciclo de Roberto Lavagna al frente del Ministerio de Economía y su reemplazo por Felisa Miceli. Pero más allá de estas sorpresas quedó demostrado que, de ahora en más, Néstor Kirchner pasó a ser el principal y único responsable de la política económica, sin fusibles ni amortiguadores. El pago al FMI, echando mano de más de un tercio de las reservas del Banco Central, fue una prueba de ello.

Si de ciclos se habla, también habrá que convenir en que la administración Kirchner sigue siendo beneficiaria de un marco externo excepcionalmente favorable. Por cuarto año consecutivo el mundo ayudó con alto crecimiento económico y comercial, bajas tasas de interés, altos precios de las materias primas y abundante liquidez. El Gobierno aportó lo suyo manteniendo los dos pilares ortodoxos de la política económica (superávit primario y superávit externo a través del dólar alto).

En 2005, esta combinación de un marco externo favorable y abundancia de recursos le permitió adoptar medidas heterodoxas para ganar las elecciones legislativas de octubre. Durante la campaña electoral, la estrategia fue mantener un alto nivel de actividad impulsando la demanda interna con aumentos del gasto y obras públicas, jubilaciones, salarios y crédito al consumo a tasas negativas, así como incentivos fiscales a proyectos de inversión.

Con esta batería de instrumentos, el PBI registró otro espectacular crecimiento de 9% en 2005, por tercer año consecutivo y con una paulatina baja del desempleo que incorporó más consumidores al circuito económico.

Habría que remontarse a la floreciente situación de comienzos del siglo XX para encontrar otro período de expansión similar en la Argentina. Pero las estadísticas suelen ser engañosas según el punto que se tome como referencia. La Argentina no es China, que crece desde hace años al 9% anual. Aquí, el PBI total supera en apenas 5 puntos al de 1998, y en términos per cápita todavía se encuentra 1% más bajo, con una distribución del ingreso aún más inequitativa que en aquella época y con 46% de trabajadores en negro.

Esto explica por qué la Argentina es hoy un país de contrastes. Conviven el boom de la construcción residencial, economías regionales florecientes, restaurantes llenos y reservas agotadas en los principales centros turísticos, con un millón y medio de personas dependiendo de la ayuda estatal, 70% de los jubilados cobrando un haber mínimo de subsistencia, cartoneros revolviendo basura en las principales ciudades y más de dos millones de jóvenes que no estudian ni trabajan.

Por cierto que mantener el crecimiento económico y crear más empleo formal es una condición necesaria para salir de estos problemas. Pero ya no es sencillo ni gratis.

La contracara de la fuerte recuperación económica fue este año la aceleración de la inflación. Aunque algunos economistas -y no pocos funcionarios – consideran que éste es el precio de un crecimiento tan alto, su magnitud es un problema serio para un país con casi el 40% de la población por debajo de la línea de pobreza.

La Argentina cierra el año con un aumento de precios del 12% anual, pese a que en el mundo ya son una excepción las tasas inflacionarias de dos dígitos (Venezuela con 15% anual y Rusia, con 10%, comparten este podio poco envidiable). Esta variación duplica al 6% del año pasado y cuadruplica al 3% de 2003.

A diferencia de otras épocas, existen múltiples causas para explicar este fenómeno, que además tiene componentes de inflación reprimida debido al congelamiento de las tarifas residenciales de servicios públicos. Hay razones de demanda interna y externa, de oferta, de costos, de precios relativos atrasados, a los que se suma el impacto del dólar alto que hace difícil bajar el precio de los alimentos que la Argentina exporta.

La explicación más aceptada por la mayoría de los analistas es que ya no queda demasiado margen para que la demanda interna siga creciendo por encima de la oferta sin presiones inflacionarias como ocurrió entre mediados de 2002 y 2005. La diferencia reside en que la mayoría de los sectores trabaja casi al máximo de su capacidad y la oferta, en muchos casos, no alcanza a abastecer una mayor demanda a los mismos precios.

En otras palabras, está cambiando el eje de crecimiento. Para que el PBI pueda seguir aumentando a tasas tan altas, ahora se necesita ampliar la capacidad productiva de muchos sectores a través de un mayor aumento de la inversión. Y también es necesario resolver cómo se financiará la ampliación de la infraestructura, especialmente en el área energética y de transporte, para que el crecimiento no encuentre futuros cuellos de botella.

En los últimos meses, el Gobierno optó por atacar los efectos de la inflación forzando acuerdos “voluntarios” de precios. Esta estrategia puede servir como complemento pero no como sustituto de políticas más amplias, que despejen interrogantes y reduzcan márgenes de discrecionalidad en el manejo de la economía. El repunte inflacionario no ayuda a elevar la inversión a largo plazo, ya que tiende a revivir conflictos distributivos y a resucitar prácticas indexatorias. Aunque no exista el riesgo de que los precios se espiralicen como en los años 80, convivir con una inflación de dos dígitos no es nada cómodo. Tarde o temprano obligará al Gobierno a optar entre resolver desajustes sacrificando algo de crecimiento a corto plazo o correr detrás de la inflación buscando culpables que hasta hace poco no existían.

Por Néstor O. Scibona
Para LA NACION

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