Las verdaderas causas de la pobreza-Ricardo Esteves

Las verdaderas causas de la pobreza

Por Ricardo Esteves Para LA NACION

Es una gran pena que la Argentina desperdicie esta nueva oportunidad para revertir el proceso de caída que viene padeciendo desde mediados del siglo XX. La tremenda crisis que se vivió en 2001 y 2002 debería haber servido como punto de inflexión para un nuevo renacer. En el papel, los datos de la economía lucen fantásticos, pero al levantar la vista y ver tanta miseria y a casi todos los argentinos empobrecidos no se sabe qué pensar. Además, la filosofía reinante condena al país a la postergación. El deterioro del orden y el relajamiento de la disciplina, irresponsablemente tolerados, carcomen día tras día sistemas vitales del país, como la educación, la salud, los transportes, y así en casi todos los planos. Vemos cómo esos estamentos pierden jerarquía, no ya con relación a los países avanzados, sino con respecto a los otros países latinoamericanos. ¿Alguien cree verdaderamente que así se combate la pobreza? Tomemos el ejemplo de los transportes. Se ha permitido el aumento de los taxis –y está bien que así haya sido–, porque si bien los taxistas son empresarios, lo son en una dimensión en la que se confunden, casi, con obreros. Además, porque son propagadores muy eficaces de su mal humor. Y también porque dan servicio a la clase media alta, la que toma taxis. En el servicio de colectivos, en cambio, no se otorgan aumentos. Se compensa a los empresarios prorrogándoles la antigüedad permitida a su gastado parque automotor. Consecuencia: el pueblo acabará viajando en esos desparpajos andantes que solemos ver en los noticiosos en los países del cuarto mundo. Estamos viviendo un proceso creciente de avasallamiento de las leyes de la competencia. Cada vez que se pone una traba, un nuevo control artificial a los precios, se eleva el desestímulo a los emprendedores y, por ende, a la creación de nuevos empleos. ¡Abramos de una vez los ojos! Hay tantos pobres porque faltan empresas que den empleo. Y cada nuevo obstáculo a la gestión empresarial, llámese más retenciones, acuerdos de precios o lo que sea, es otro paso en el brutal ajuste y achique que viene sufriendo el sector de los emprendedores. ¿Hasta cuándo van a seguir ajustando a los que crean genuinos puestos de trabajo, a los que pagan salarios? Ellos tienen la virtud de ayudar a sus subordinados: ¡los exigen! Y éstos, como seres humanos, tienen el derecho de ser exigidos y dar lo máximo de sí mismos. Si algún día en la Argentina la consigna fue “gobernar es poblar”, y luego “gobernar es educar” (esa consigna estará vigente siempre), hoy la premisa es “gobernar es crear empleo”. O sea: gobernar para que los argentinos retomen la confianza en que la iniciativa privada vale la pena. Y que los emprendedores no perciban que la sociedad, los medios de comunicación y el Estado están contra los audaces y los ambiciosos que toman el riesgo de apostar por un proyecto que implique sumar a su iniciativa a los argentinos que están buscando un trabajo digno para alimentar a sus familias y progresar y que no desean seguir dependiendo de la humillante y miserable limosna que un Estado corruptor les da a cambio de su sumisión y su degradación como personas. Si bien es cierto que las subas de precio ocasionan más pobreza (cosa que ningún ser bien nacido puede desear, a pesar de que algunos saquen provecho de ella), contenerla artificialmente no significa erradicarla. En algún momento esa pobreza saltará a la cruda realidad. Y los artificios para contenerla, a la larga, la fomentan. La causa de fondo es la falta de empleos. Los controles son sólo parches. No apuntan a la solución. Al contrario: la postergan. Para salir del pozo, la Argentina debe iniciar el largo y difícil camino de convencer a los potenciales emprendedores de que habrán de tener recompensas por su esfuerzo. Habrá que establecer reglas que estimulen y premien el emprendimiento y generar confianza en que no serán cambiadas a la hora de recoger los frutos. El país apenas recuperó en 2005 el nivel de actividad que tenía en 1998, a pesar de gozar de los precios más espectaculares de los últimos 50 años. Hasta aquí llegó aprovechando su capacidad industrial instalada. Sólo ahora se va a enfrentar a la tarea del crecimiento. Pero hoy tiene muchas menos empresas que las que tenía en 1998. Eso se compensa macroeconómicamente con los extraordinarios precios de los commodities, pero al doloroso costo de los millones de excluidos y del deterioro del nivel de vida de la clase media. El modelo vigente ha sido útil para salir del fondo de la crisis. No alcanza para revertir la actual estructura social. Ayer fue la industria de los lácteos, hoy los frigoríficos, mañana… Quedan muy pocos sectores en los que los inversores no estén expuestos a que la clase política, para halagar a los votantes, les cercene la rentabilidad a su capital y al riesgo que asumieron. Los inversores ya conocen la brújula que mueve a esa clase. Ven lo que han hecho con los servicios públicos y cómo manipulan las retenciones y los impuestos. La inflación en el mundo globalizado y de vasos comunicantes de hoy es consecuencia: a) de un dólar alto, que fue muy funcional para acelerar el crecimiento mientras había capacidad ociosa; b) de la recomposición salarial por encima del aumento de la productividad, que goza del estimulo oficial, y c) del insuficiente nivel de inversión productiva. Si se deja caer el tipo de cambio, se desacelera el crecimiento y se frena la tibia recuperación del empleo. Si se lo mantiene alto, sube la inflación y se acentúa la pobreza. La única variable que puede romper el círculo vicioso es la inversión. Necesitamos un shock de inversión. Eso no se consigue ni con decretos ni con amenazas. La inversión es sensible a la rentabilidad y a la confianza. Tampoco debe buscarse al costo de regalar o rifar el país. Al precio de pisotear las instituciones y los procedimientos, la Argentina está cancelando su deuda con el FMI, lo que tiene, entre otras, dos virtudes. Por un lado, el país no podrá culpar más al FMI por sus fracasos. Por el otro, no podrá recurrir más a esa nefasta e inútil institución cada vez que nos metamos en problemas: sólo ha servido para que el país se afianzara en sus vicios y en su autoengaño. Ahora deberemos arreglárnoslas solos frente a la realidad y los mercados, con nuestro flujo de caja y sin los salvavidas de plomo del FMI. El autor es licenciado en Ciencia Política.

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