Comentario sobre la oposicion

Cada vez que leo a este Sr estoy muy cercano en su pensamiento (Claro que el lo expresa de manera impecable)

El fantasma de la Alianza
por Fernando Iglesias

En el río revuelto de la política argentina, una sola cosa parece digna de convocar la esperanza: una oposición que se ha unido para oponerse al avasallamiento de la República por parte de su Presidente. Sin embargo, para que esta reacción sea algo más que una defensa de sus propias posibilidades de acceder al poder, ciertos errores deben ser evitados. El más evidente de ellos es la repetición de aquella Alianza con la cual una oposición cegada por los dioses se organizó bajo un único acuerdo: el antimenemismo. Sobre la piel de los ciudadanos argentinos están marcados los resultados de aquella táctica: la incapacidad de gestión del radical-frepasismo y la imposibilidad, prolongada hasta el presente, de superar la performance menemista más allá de lo discursivo. Hasta el actual apogeo kirchnerista se basa en el aprovechamiento de los sentidos comunes que el aliancismo antimenemista derramó sobre la Historia. Para evitar segundas partes aún peores, la oposición debería: 1) ser equilibrada, extremando su defensa de la República sin caer en el antikirchnerismo; 2) ser paciente, limitando su acuerdo a la defensa de las instituciones y dejando de lado toda alianza electoral acrobática; 3) ser propositiva, evitando la mera reacción a las iniciativas del Ejecutivo (otro tono habría tenido el debate si hubiera existido un proyecto opositor de reforma del Consejo de la Magistratura), y 4) ser programática, diferenciándose del Gobierno por sus proyectos para un país diferente al del populismo nacionalista-industrialista. Este último punto parece el decisivo. En primer lugar, porque los proyectos económicos de la oposición carecen también de una visión estratégica para la inserción de la Argentina en el flujo global de tecnologías, informaciones y capitales que produce la riqueza en un contexto postindustrial y globalizado. En este país atacado de ombliguismo, se supone aún que la riqueza se genera mediante el trabajo manual dentro de un marco proteccionista y tecnológicamente obsoleto, según los dictados de cierto desarrollismo hoy de moda. Esta ceguera alucinante impide ver que en la economía actual “valor agregado” significa “inteligencia agregada”. Apostar otra vez por una industria no competitiva y subsidiada por el agro será más devastador socialmente que en la segunda mitad del siglo pasado. Al modelo “industrial-chino”, que supone trabajadores dispuestos a sudar 50 horas semanales a ritmos asiáticos para ganar 200 dólares mensuales, debe oponerse el modelo “posindustrial-irlandés”, basado en el trabajo intelectual y las tecnologías de punta. De otra manera, no habrá riqueza para repartir, como bien se está viendo. Y todo esto debe hacerse urgentemente, antes de que terminemos de perder la última ventaja comparativa respecto de América latina: la educación. Oponerse al populismo es oponerse a su manía de originalidad nacional. En todos los países en los que la pobreza y la indigencia son la excepción y no la regla impera una serie de principios: 1) organización del sistema económico en un capitalismo abierto al mundo y basado en los servicios y la sociedad de la información; 2) organización estatal basada en el respeto de las instituciones republicanas; 3) sociedad política estructurada según la polaridad centroderecha-centroizquierda; 4) alternancia en el gobierno. Diferenciarse del oficialismo por el modelo de país es también la única manera de evitar que tenga éxito en instalar su propio proyecto como “proyecto nacional” y en descalificar a quienes se le oponen como voceros de la antipatria. Proyectos necesariamente divergentes entre centroderecha y centroizquierda obstaculizan toda tentación aliancista al mismo tiempo que presionan a favor de la construcción de dos grandes bloques opositores, de centroderecha y de centroizquierda, según el más exitoso de los esquemas políticos existentes. Finalmente, acusar al Gobierno de “fascista” es un grave error, que legitima su tono intolerante y coloca a la oposición en el lugar del pastorcito que gritaba “¡El lobo! ¡El lobo!”. Este Gobierno no es fascista sino monárquico. Kirchner y su señora, únicos sujetos políticos sobrevivientes al “plebiscito” de octubre, actúan como si hubieran sido elegidos rey y reina, y no presidente y senadora de una república. El modelo de su vocación hegemónica no es el fascismo sino la monarquía plebiscitaria. Ante este soberano bicéfalo que pretende encarnar a la Nación entera, la oposición debe erguirse como una nueva Asamblea Francesa, unida en su repulsa a la monarquía pero separada en un ala derecha y un ala izquierda republicanas. Tampoco está de más recordar que la izquierda nació en aquella asamblea, una institución democrática, y que, por lo tanto, se es primero republicano y democrático y luego de izquierda, y no al revés, como algunos pretenden. Los verdaderos adversarios de la izquierda no están en el centroderecha, sino entre quienes llevan adelante políticas antiigualitarias y antimodernas en su nombre y quienes vuelven a descalificar a la democracia como meramente “formal”, olvidando los sangrientos efectos que esta pseudoidea tuvo en los setenta. Por Fernando A. Iglesias Para LA NACION Link corto: http://www.lanacion.com.ar/774118

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