LN-Acerca de la memoria

La memoria ejemplar

Por Javier Vigo Leguizamón Para LA NACION

En Los abusos de la memoria , Tzvetan Todorov explica que los hechos dolorosos del pasado pueden leerse de manera literal o de modo ejemplar. La lectura ejemplar tiene lugar cuando extraigo una lección de ese pasado que se convierte en principio de acción para el presente. David Rousset actuó de esa manera cuando pidió a sus compañeros de cautiverio en los campos de concentración nazis que condenaran con igual rigor las atrocidades que en ese momento acontecían en los campos de concentración soviéticos. Ese llamamiento produjo el efecto de una bomba entre sus compañeros comunistas, que se negaron a llevar adelante la investigación. Ellos tenían una visión sesgada de la historia, una memoria literal. ¿Con qué clase de memoria están actuando los distintos sectores al rememorarse los 30 años del golpe de Estado de 1976? Es saludable que intelectuales de izquierda, como Oscar del Barco, hayan reconocido: “No existe ningún ideal que justifique la muerte de un hombre, ya sea del general Aramburu, de un militante o de un policía. El principio que funda toda comunidad es el no matarás. ¿Qué diferencia hay entre Santucho, Firmenich, Quieto y Galimberti, por una parte, y Menéndez, Videla o Massera, por la otra?”. Las Fuerzas Armadas han hecho reiterados mea culpa por los graves errores cometidos. Los guerrilleros, en cambio, parecen haber cambiado de estrategia, amparados por la cultura imperante. Años atrás, Firmenich reconoció la violenta militancia de los desaparecidos al decir: “Habrá algún que otro desaparecido que no tenía nada que ver, pero la inmensa mayoría era militante, la inmensa mayoría eran montoneros”. ¿Serían capaces de reconocer lo mismo sus compañeros que han llegado al poder? Transformados en políticos, de nada se han arrepentido. No les interesó elaborar un juicio histórico-crítico riguroso; se preocuparon, sí, por instrumentar la memoria, y ella -advierte el intelectual francés Pierre Nora- es vulnerable a toda manipulación. Ciertos políticos lo saben, y por eso han creado la ficción de que la aberrante metodología de las de-sapariciones tuvo comienzo con el Proceso. ¿Confirmaría esta tesis un historiador serio, ecuánime? ¿Cómo podría soslayar que existieron 908 desapariciones antes del 24-3-76? Sólo con el consentimiento y la tolerancia del gobierno constitucional de Isabel Perón pudieron desaparecer semejante cantidad de personas. ¿Por qué no exigir que el peronismo pida institucionalmente perdón por esas muertes y reconozca que fue el primero en hacer desaparecer personas? Hubo una primera etapa en que las Fuerzas Armadas combatieron al terrorismo preservando la vida y respetando la ley. Al investigar qué pasó con la Cámara Federal en lo Penal, creada durante el gobierno de Lanusse, se verá que fue disuelta el 25 de mayo de 1973, el mismo día en que se amnistió a los guerrilleros sin desarmarlos y se modificó el artículo 80 del Código Penal para que quien matara en adelante a un juez o un militar no mereciera reclusión perpetua. Uno de sus miembros, el doctor Quiroga, fue asesinado, mientras que todos los demás eran amenazados y se cesanteaba al personal sin indemnización. La coacción al Poder Judicial fue efectiva: hasta el 24 de marzo de 1976 no se dictó una sola condena contra guerrilleros, pese a que los hechos terroristas aumentaron exponencialmente. La lección de la historia es nítida: si se hubiera dejado al Poder Judicial actuar libremente la tragedia no habría ocurrido. Hemos visto en estos días ceder durante horas el canal oficial para que el presidente venezolano, Hugo Chávez, arengara a los jóvenes con consignas como “socialismo o barbarie” y “socialismo o muerte”. ¿Cómo evitar que la tragedia vuelva a ocurrir si se manipula la memoria y se acalla la historia? La Corte actuaría con memoria literal si evitara el enjuiciamiento de los crímenes de la guerrilla considerando que ellos no encuadran en la categoría de “crímenes de lesa humanidad”, siendo por tanto prescriptibles y amnistiables. Pareció transitar por esa senda cuando denegó la extradición del terrorista etarra Lariz Iriondo. Posteriormente, la Corte advirtió su error, pues al declarar inconstitucionales las leyes de obediencia debida y punto final invalidó la parte que impedía enjuiciar los crímenes de la guerrilla. Creo que la mayoría de sus integrantes, actuando con memoria ejemplar, han finalmente comprendido que pesa sobre ellos el deber moral de juzgar todos los actos del terrorismo. Si en vez de ello se optara por encarcelar a cientos de militares mientras renombrados terroristas de otrora permanecen libres, el incremento de los odios y de las pasiones podría llevarnos a gravísimos enfrentamientos. Sería muy importante que un caso paradigmático, como el asesinato del capitán Viola y su pequeña hija, llegara a la Corte. Si ello ocurre y el alto tribunal actúa con memoria ejemplar, es probable que la reconciliación se aproxime. Es fácil reclamar justicia a ultranza para los otros, pero la cosa cambia cuando los que la reclaman pueden resultar, a la vez, juzgados. La segunda responsabilidad cae sobre la Iglesia Católica. Actuaría con memoria literal si se limitara a formular declaraciones para advertir sobre los riesgos de las visiones sesgadas de la historia. Durante el Proceso hubo declaraciones valientes, que fueron citadas por la Cámara Federal en lo Penal, en su sentencia a los comandantes, demostrando que la Iglesia habló con firmeza, si bien de manera privada, sobre lo que estaba ocurriendo. Actuar con memoria ejemplar implica para la Iglesia ir más allá, convocando a un diálogo de reconciliación. Como han advertido Juan Pablo II y Benedicto XVI, es necesario condenar los fundamentos morales del terrorismo y comprender que sólo se restablece el orden quebrantado conjugando entre sí la justicia y el perdón. Con la ayuda de Dios, esto es posible. Recibí esa lección moral del doctor Alberto Molinas cuando aceptó que volcara su testimonio en mi libro. Había perdido cinco hijos que militaban en Montoneros. Sin embargo, no se dejó ganar por el odio. Sublimando su dolor, me dijo aquella mañana: “Acá tenemos que sentarnos todos a hacer un mea culpa“. Javier Vigo Leguizamón es autor de Amar al enemigo.

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