Ciudadanos Indolentes

Muy bueno este articulo de Pablo Mendelevich
Es esto lo que hay que contruir para lograr el cambio…..

Política y sociedad
Control democrático: el ciudadano indolente

http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/enfoques/nota.asp?nota_id=805594

A diferencia de lo que sucedió en tiempos de cacerolazos anticorralito, los hechos más resonantes que desnudan la degradación institucional –coimas en el Senado, sumisión del Congreso, financiamiento decampañas– no despiertan la indignación del hombre medio

Hace cuatro años, nada más que cuatro años, miles de cacerolas salían de las cocinas donde prestaban servicio para ser molidas a golpes en las calles, por sus dueños, gente enojada no con la vajilla sino con los gobernantes, dispuesta a hacerse escuchar y a reclamar por sus derec hos, léase sus dineros. Imposible olvidarlo (o quizás no tan imposible, después de todo: muchos, quizás, lo evoquen como algo antiquísimo y lejano).

Eran manifestaciones espontáneas de multitudes cuyo coraje cívico y cuya determinación justiciera parecían irreductibles. Hasta que se redujeron. Como es sabido, una vez que vino el repliegue de las víctimas de la incautación de depósitos, una vez que los bancos revendieron como chatarra los gruesos blindajes metálicos que los habían guarnecido de la inusual insurrección popular, en las calles quedaron a sus anchas como efecto del gran colapso los menesterosos, los excluidos, el movimiento piquetero con su reclamo pertinaz de planes sociales, cierta militancia política asociada y algunas minorías esporádicas, militantes también, con quejas ad hoc, adversarias cuanto menos de la fluidez del tránsito.

Ciudadanos movilizados sin que mediase organización política o sindical alguna sólo volvieron a verse cuando Juan C arlos Blumberg perdió a su hijo e introdujo el tema de la seguridad en la agenda pública, donde casi no figuraba. Pero en cuanto a la estridencia de la respuesta pública, el contraste con cuestiones menos inmediatas que la suerte del propio dinero o el hostigamiento de la delincuencia -y, desde luego, que el hambre- ha sido notorio.

Un país sin memoria

“Cuando las sociedades no tienen valores republicanos sólidos reaccionan frente a las cuestiones concretas que las afectan y no pueden agregar los temas relacionados con lo institucional, que también las afectan”, dice Lilita Carrió, quizás la dirigente política que más frecuentemente menciona el tema del comportamiento social en sus opiniones públicas. La líder del ARI encuentra dos motivos de ese comportamiento. El primero, sostiene, es que una enorme porción de la población piensa en términos de mayoría y no en términos republicanos. El segundo es la indiferencia colectiva frente a lo público. “Esto funciona así -dice Carrió- hasta que la situación se desmadra aproximadamente cada diez años, como sucede desde 1966. Yo fijo el arranque en La Noche de los Bastones Largos”. Entonces, una pregunta obligada: ¿no se tiene memoria en la Argentina? “En realidad hay una negación del pasado por no hacerse cargo de la responsabilidad; es como si viviéramos tiempos de entusiasmo idiota, sin memoria.”

Las coimas en el Senado, las reglas de juego electorales (desde el asunto de los tres senadores peronistas de una misma provincia hasta el financiamiento de las campañas y el pase de Borocotó), la sumisión del Congreso al Poder Ejecutivo, la reforma del Consejo de la Magistratura, la Corte Suprema incompleta, el insatisfactorio vínculo del gobierno con la prensa e incluso el áspero caso Cromagnon -donde los familiares de las víctimas sobresalieron por su fogosidad pero también por su virtual soledad- tuvieron una honda repercusión en la dirigencia política y en los medios , pero no así en la ciudadanía. Las causas más resonantes de los últimos tiempos no se hicieron carne, podría decirse, en el hombre medio, más allá del espejismo que supone su metódica aparición como sujeto de encuestas.

¿Sólo por dinero?

En su libro Dolor país -título que planteaba una reformulación en clave humana del latiguillo que azotó a los argentinos durante la crisis: el índice riesgo país-, la psicoanalista Silvia Bleichmar tomaba clara distancia de quienes le criticaban a la clase media -en tiempos de corralito y estallido- el reaccionar “sólo” en defensa del bolsillo. “La entronización del dinero como valor es tal -dijo entonces a LA NACION- que hasta el espacio lúdico de creación de la infancia está amenazado ante la presión del sistema económico. El dinero, en el discurso del poder, es todo. Pero cuando es todo para los que golpean sus cacerolas frente a los bancos que les han robado los ahorros de toda una vida, entonces s e critica a la clase media porque sólo reacciona cuando le tocan el dinero y, con profunda perversidad, se plantea: ´Pero cómo, ¿esta gente antepone el dinero a los intereses de LA NACION? Se cuestionan los mismos valores que se inculcan.”

Bleichmar habla de despolitización general. “El Estado, devenido administrador y ajeno, no es considerado como un ente sobre el cual se pueda incidir; todo el mundo se queja de la impunidad, pero no hay conexión entre esto y las grandes cuestiones de la Justicia, como si se estuviera ante una suerte de barrera no atravesable. Lo mismo ocurre con el Congreso y la Magistratura. ¿No le llama la atención que la gente no reaccione ante la disociación absoluta establecida entre propuestas electorales y el ´parasitaje del Poder Legislativo?”, pregunta, en forma retórica, la psicoanalista.

Sí, claro. Y llama la atención, también, que en el acto complejo de elegir a los representantes haya tenido tanto peso un fenómeno como el del l lamado voto licuadora, auxiliar de la reelección de Carlos Menem once años atrás, cuando miles de almas se habían endeudado tras apostar con fruición a la perdurabilidad del uno a uno. Explica el sociólogo José Nun, hoy secretario de Cultura en el gobierno de Kirchner, que “el hecho de que el elector hubiese escogido con el voto licuadora la conveniencia económica no significa que hubiera dejado de reconocer que el gobierno de Menem era corrupto”.

Se ha dicho que la sociedad argentina no prestó mayor atención a la corrupción durante el menemismo porque la convertibilidad marchaba bien, del mismo modo que en la primera mitad de la dictadura el dólar barato -y su consecuencia inmediata sobre el bienestar de la clase media- habrían contribuido a anestesiar a la sociedad respecto de las violaciones de derechos humanos. Un razonamiento de esa misma matriz podría aplicarse a la actualidad: si la economía crece -algo doblemente maravilloso después del colapso-, la preocupac ión por el déficit institucional del gobierno de Kirchner decrece.

Pero Nun no cree que en el comportamiento colectivo mande el bolsillo. “Si así fuera no podríamos explicarnos a las Madres de Plaza de Mayo o las marchas del silencio de Catamarca; aunque es verdad que se trata de reacciones defensivas. También se adoptaron reacciones abiertas de carácter defensivo con el corralito o con el cierre de una fábrica. En otras situaciones la movilización depende de que haya canales apropiados, pero los partidos se han vuelto organizaciones desestructuradas con liderazgos sobre todo mediáticos, los sindicatos sólo se movilizan por temas específicos y los llamados movimientos sociales también mostraron mayor propensión a la acción defensiva que a la ofensiva”. Según este intelectual a quien escucha habitualmente el Presidente, lo que produjo aglutinación durante el corralito fue el obstáculo común. Pero si después de incendiar la Bastilla, cuando viene lo que Sartre llama el momento del desconcierto -explica Nun- no aparece el organizador, el movimiento original se diluye.

Bleichmar es más crítica y, amparada en la contemporánea despolitización de la sociedad, concluye que “las corporaciones mafiosas que se atribuyen el derecho a la política” están causando una “des-ciudadanización”, por el momento un neologismo.

El hombre común

Es tiempo de escuchar la opinión discordante de Catalina Smulovitz, directora del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Di Tella. “No es de esperar que problemas como la composición del Consejo de la Magistratura, violaciones a la libertad de prensa o la cesión de poderes del Congreso al Ejecutivo den lugar a la aparición de movilizaciones masivas”, dice Smulovitz, quien advierte que para esos casos está la movilización de minorías activas, movimientos sociales locales, ONGs y medios de comunicación que sí tienen en su agenda la defensa de der echos. Piensa esta socióloga, PhD en ciencia política, que con el Consejo de la Magistratura, por ejemplo, el tema se volvió visible y se instaló un debate y, aunque ello no asegure que se obstruyan acciones gubernamentales, las autoridades toman conocimiento de que están siendo observadas, lo cual las obliga a dar razones que justifiquen sus acciones. Muchas causas “pueden hoy no generar presión a través de movilizaciones, pero el efecto político de su recurrente aparición no puede ser desestimado”.

Rosendo Fraga, observador veterano y sistemático de comportamientos colectivos, asegura que al hombre común el rubro institucional que más le llega es la corrupción. Su Centro de Estudios Nueva Mayoría tiene un estudio, precisamente, que indaga año tras año en los problemas que más le preocupan a la sociedad. La corrupción aparece allí como uno de los ítems más estables, con marcas relativamente altas; la Justicia exhibe marcas muy bajas y los derechos humanos -en una pr oyección del conjunto de la población- prácticamente despiertan un interés nulo. Después del colapso empezó a figurar en el ránking el problema del hambre y nació un rubro nuevo, “la clase política”, de la misma edad que el subjuntivo anarquista “que se vayan todos”.

A Fraga, en fin, le parece más o menos natural que el ciudadano medio no se interese por los problemas institucionales, en parte debido a la complejidad que esos problemas suelen presentar. “Lo llamativo es que el mundo académico -ONGs, universidades, intelectuales- se preocupe relativamente poco por esos temas”. ¿Y por qué cree que pasa eso?, se le pregunta al analista político. “Porque nadie quiere enfrentarse con el poder de turno”.

Por Pablo Mendelevich

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