Cristina Kirchner y su primer mes de gestion

Para que voy a analizar si Carlos Pagni lo hace excelente en La Nacion de hoy?

La copio abajo mas alla del link. El highligt es mio.

Una gestión que todavía espera un rasgo distintivo

Por Carlos Pagni
Para LA NACION
¿Qué liderazgo tendrá la presidencia durante el gobierno de Cristina Kirchner? Esta es, acaso, la incógnita más relevante que inspira su primer mes de gestión.

No es una pregunta referida a la capacidad de mando, al mecanismo por el cual se consigue el cumplimiento de las órdenes que se emiten. Eso está garantizado. La señora de Kirchner dispone de más recursos institucionales que cualquiera de sus antecesores desde 1983 para que el sistema nervioso del Estado responda a sus impulsos. Además, algunas peculiaridades de su estilo le permiten conseguir un acatamiento casi absoluto. Se le puede preguntar a Daniel Scioli.

El problema es otro. Consiste en saber con qué creatividad formulará sus objetivos. Si modelará estos cuatro años de gestión con un concepto propio. Cuál será su capacidad para comunicar esas metas. Cómo conseguirá que la sociedad argentina identifique los desafíos que ella le propone y comprenda las estrategias elegidas para superarlos. En todo esto, claro, consiste el liderazgo.

Este mes no aportó respuestas alentadoras a esos interrogantes. La selección del personal hace imposible distinguir el gobierno de la señora de Kirchner del de su esposo. Ella no sólo heredó los nombres, también las mañas. Sus colaboradores fueron entrenados durante los últimos cuatro años por una conducción que penaba la iniciativa individual, bloqueaba el intercambio de ideas, estimulaba las intrigas internas y trataba de garantizarse que fuera sólo una persona, el Presidente, quien tuviera acceso al mapa completo de cada encrucijada. Fue la escala de valores que implantó Kirchner entre sus temerosos subordinados. Esta cultura -llamémosle así- está en la genética del “nuevo” gabinete, sólo que sin el control directo de quien la promovía.

Además, esos ejecutores intermedios reconocen en sus cuerpos la fatiga de someterse a la crisis. Y al ex presidente. Julio De Vido ya no soporta su diabetes y basta con mirar una foto de Alberto Fernández tomada en 2003 para advertir los estragos físicos que produjo esa experiencia.

Tampoco en el orden conceptual Cristina Kirchner dio señales, en el mes de su debut, de mirar los problemas de su administración con categorías distintas de las de su esposo. El Gobierno se sigue hundiendo en su receta energética hasta provocar los cacerolazos que quería evitar con el congelamiento de tarifas. Después de intervenir sobre las empresas para que ofrecieran gas y electricidad, ahora entra en las casas de familia para cambiar las lamparitas.

* * *

Tampoco a la inflación el reemplazo de un Kirchner por otro le movió el pelo. Su abordaje sigue obedeciendo a las mismas instrucciones políticas: la negación del fenómeno y la manipulación de los índices. Esta recurrencia en el tratamiento de patologías que se agravan lleva al nuevo gobierno a encontrar todos los días argumentos para sostener que la agenda periodística sobre la economía y la infraestructura es caprichosa. Pero los funcionarios no se muestran igual de imaginativos para inventariar los nudos que sí habría que desatar en los próximos años.

Más llamativa que la adhesión al programa anterior en estos rubros es la abulia oficial en materias que, se suponía, obsesionan a la señora de Kirchner. Al cabo de un mes de trabajo, no hubo movimiento alguno que anticipara ese salto en la calidad institucional que habían prometido sus voceros cuando la postularon para la presidencia. En los últimos 30 días, el único que tuvo una iniciativa en ese campo fue el Congreso, cuando saludó a la nueva titular del Ejecutivo extendiéndole los superpoderes. De una dirigente que atravesó la vida pública envuelta en la bandera de la juridicidad perdida cabe esperar bastante más.

La política exterior era otra escena preparada para que la nueva presidenta diseñara un giro. Pero el vínculo bolivariano, cuya intensidad iba a indicar como ningún otro síntoma la dimensión de ese cambio, no hizo más que reforzarse durante el primer mes de la gestión.

Sea por la solidaridad -más penal que política- que provocaron las noticias de los tribunales de Miami, sea por la gaffe compartida en la selva colombiana, donde acaso Kirchner pensaba corregir la pésima imagen externa que había dejado el “valijazo” de Antonini, lo cierto es que Hugo Chávez fue estos días un protagonista de la vida local más visible que Elisa Carrió.

Es posible que la señora de Kirchner experimente estos escándalos como fatalidades, secuelas indeseables de conductas de su esposo que su gestión se proponía corregir. Por suerte Dios escribe derecho sobre renglones torcidos y la urgencia por disimular la peripecia bolivariana precipitó el reencuentro con Jorge Bergoglio: en las vísperas navideñas, el cardenal le regaló a la Presidenta el episodio más novedoso del mes.

La imagen de un gobierno enredado en el cordón umbilical de la gestión anterior se vio reforzada por la incontenible propensión de Kirchner a aparecer en público.

Cuando todo el mundo monitoreaba el modo, más o menos eficiente, con que la flamante mandataria se conducía ante la primera crisis de su gobierno, la del conflicto con Washington, el ex presidente interrumpió la escena para decir lo único que debía callar: “Que Cristina esté tranquila porque los argentinos no queremos dar un paso atrás”. ¿Es él entonces el garante de la adhesión popular y de la resistencia a cualquier cambio?

De igual modo, cuando se insinuaba el segundo conflicto de la agenda presidencial -el que se abrió con el vociferante Hugo Moyano-, Kirchner abrazó al camionero para sugerirse como seguro de la paz social, tres meses antes de que se reabran las paritarias.

La incursión en la selva terminó por insinuar que Kirchner se encuentra en dificultades a la hora de delegar responsabilidades, mucho más si se trata del gobierno del país, aunque sea en manos de su esposa. No había pasado todavía un mes de su retiro y el ex presidente ocupaba la tapa de los diarios para una operación internacional riesgosísima. Tanto que quien lo convocó a ella, el presidente Nicolas Sarkozy, no comprometió en el trámite más que a su embajador en Venezuela.

* * *

Mientras su esposo le ponía significado al Año Nuevo, la Presidenta huía de los fotógrafos en su retiro de El Calafate. Para un gobierno que comienza, esas vacaciones fueron demasiado prolongadas: reforzaron la sensación de que los funcionarios se quitaban el cansancio de la gestión anterior. Hizo bien, entonces, el gobierno en reponer ayer la figura de su jefa en el centro de la escena, aunque fuera para volver a imputar la crisis energética a la mezquindad empresarial más que a la política que se impuso en el sector.

La conveniencia de que Cristina Kirchner le imprima a su paso por la Presidencia un color propio no deriva de una fascinación abstracta por el cambio.

El contexto en el que su esposo llegó al poder, “con más desocupados que votos”, como ella definió, mutó de manera dramática.

En 2003 el poder político estaba pulverizado y nadie iba a sancionar a Néstor Kirchner porque instaurara un gobierno en el cual “entre el inquilino y el propietario la razón la tiene siempre el inquilino, aunque le corresponda al propietario”, religión cortoplacista definida de ese modo por el ministro del Interior, Florencio Randazzo.

Pero al cabo de cuatro años, la escena se modificó hasta requerir que el país escuche una convocatoria diferente.

Una de las razones que encontró parte del oficialismo para promover la candidatura de la señora de Kirchner fue la hipótesis de que ella estaría más capacitada que su esposo para restablecer el consenso alrededor de reglas y una agenda para el largo plazo.

Ese programa no fue formulado todavía y es el motivo por el cual, después de un mes, sigue sin develarse en el caso de la Presidenta el principal enigma de todo liderazgo: su relación con el futuro.La imagen de un gobierno enredado en el cordón umbilical de la gestión anterior se vio reforzada por la incontenible propensión de Kirchner por aparecer en público

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