Esto pasa hoy en la Argentina….asi de alto esta el nivel de la politica

Este columnista de La Nacion habla “chantajes” usando los servicios de intelegencia del estado.
Vale la pena leerlo sobre todos aquellos que acceden a este blog desde el exterior y probablemente no esten al tanto de este tipo de cosas.

http://www.lanacion.com.ar/840045

Joaquín Morales Solá
El caso Alvarez
El riesgo de una guerra de carpetazos

Muy pocos políticos –y menos aún si provienen de la provincia de Buenos Aires– podrían atravesar ilesos una indagación de sus antecedentes. ¿Es Juan José Alvarez, por ejemplo, peor que el eternal caudillo de Lanús, Manuel Quindimil, reciente aliado público del presidente Néstor Kirchner? Seguramente, no. La novedad de los últimos días consiste sólo en que la sospechosa y sospechada SIDE se ha metido en la política o, lo que sería más grave todavía, la política se ha metido en la SIDE.

El caso Alvarez abre interpretaciones en varias direcciones. Una de ellas es la actuación personal del propio ex ministro de Justicia y actual diputado. No cabe duda de que un hombre con vocación en la vida política debió dar estado público a su pasado como empleado de la SIDE, aunque para ello debiera haber pedido la correspondiente autorización al presidente de la Nación. Cualquier presidente lo hubiera autorizado sobre todo si, como afirma Alvarez, su empleo en los servicios de inteligencia consistió en domésticas tareas administrativas.

La inteligencia argentina no es bien vista por los argentinos. En primer lugar, porque Alvarez comenzó su trabajo en el crepúsculo de la dictadura militar, aunque lo concluyó cuando ya estaba en funciones el gobierno democrático de Raúl Alfonsín.

El concepto social sobre esos servicios no cambió con la conquista de la democracia.

Al revés que los servicios de inteligencia de algunos países europeos (en Gran Bretaña trabajaron para su espionaje importantes escritores e intelectuales), la SIDE argentina no se ocupa, por lo general, de la seguridad del Estado, sino de lo que sucede entre las sábanas de los hombres y mujeres públicos. Hubo excepciones en esas prácticas aberrantes, pero no hicieron más que confirmar la regla.

De hecho, ningún político, empresario o periodista acepta ahora hablar por teléfono de cosas de las que no quiere que se entere la SIDE o el propio presidente de la Nación.

Los teléfonos están intervenidos y muchos jerarcas del Gobierno lo hacen saber como una implícita advertencia. Políticos oficialistas prefieren abandonar sus despachos y hacer citas en bares de mala muerte para escapar del seguimiento de los espías oficiales.

Esa distracción en pobres cuestiones internas explica, para citar un caso trágico, que los servicios de inteligencia locales no hayan hecho nunca nada para averiguar qué pasó con los atentados en la AMIA y en la embajada de Israel.

Sería arbitrario -y hasta injusto- cargarles la culpa de no haberlos prevenido, porque eso no sucedió en los Estados Unidos ni en España ni en Gran Bretaña. Pero en estos países, sobre todo en España, hubo un inmediato progreso de las investigaciones promovidas por sus servicios de inteligencia.

Secreto peligroso

Alvarez se equivocó cuando no contó su pasado sin disimulos ni maquillajes, porque su secreto lo hacía vulnerable ante los infaltables adversarios de la política. No hay mucho más para agregar sobre su caso personal.

Pero ¿cómo llegó esa información, que refiere a cuestiones secretas del Estado, al conocimiento público?

Es imposible imaginar que en el gobierno de Kirchner, un organismo tan sensible como la SIDE (sólo gobernado por disciplinados vicarios presidenciales) haya decidido por sí mismo ventilar los secretos de la política.

La casualidad no existe en estos casos, y menos aún cuando perjudica a un adversario del poder.

La ley de inteligencia vigente dispone en su artículo 16: “Las actividades de inteligencia, el personal afectado a las mismas, la documentación y los bancos de datos de los organismos de inteligencia llevarán la clasificación de seguridad que corresponda en interés de la seguridad nacional, de la defensa nacional y las relaciones exteriores de la Nación”.

Sólo el presidente de la Nación, dispone la ley, puede autorizar el acceso a esa información, que será secreta incluso para el conocimiento de la Justicia y de la comisión bicameral de fiscalización de los servicios de inteligencia. El secreto compromete también, desde luego, a los propios integrantes del espionaje argentino.

Alvarez carga con su pasado, de la misma manera que el gobierno de Kirchner cargará, haya estado implicado o no en el asunto, con la culpa de haber violado una ley tan sensible como lo es la que regula los servicios de inteligencia.

Una nueva era

La amenaza de “carpetazos” venía serpenteando la política argentina desde antes de las elecciones de octubre último.

Se hablaba de carpetas que Kirchner amontonaba contra Eduardo Duhalde y de otras carpetas, tan voluminosas como aquéllas, que el ex presidente juntaba para acusar a su sucesor. Entonces no sucedió nada, pero es innegable que la era de los “carpetazos” ha comenzado. Una política de prontuarios reemplaza ahora a la política más clásica y más noble.

Es una era arbitraria. Los datos sobre el diputado Alvarez fueron contemporáneos con una revelación de la revista Noticias, que dio cuenta de que el subsecretario de Estado Luis D Elía acostumbra a grabar con cámaras ocultas a sus visitantes en su despacho oficial.

¿Es sólo una costumbre de D Elía, o la práctica de filmar conversaciones con confiados parlanchines está extendida por todo el Gobierno? ¿Por qué lo de Alvarez estremeció el escenario político y lo de D Elía se tomó como una más de sus peligrosas extravagancias, aunque inofensiva en este caso? ¿Qué raro mensaje encierra ese hábito del responsable del hábitat D Elía?

La revelación de Alvarez no será la última, seguramente. Esa, la primera, fue veraz y, por lo tanto, eso podría darles veracidad en adelante a revelaciones menos ciertas.

Lo cierto es que la política argentina entra en un sendero sucio y hasta ahora desconocido: porque lo ocurrido con Alvarez parece no ser otra cosa que una advertencia tenebrosa a todo aquel que discrepe o que ose desafiar a lo más alto del poder político.

La época que se inició no tiene alma. La Argentina pública viajó en los últimos años del vacío de poder al exceso de poder y de la crisis institucional a la actual fragilidad institucional. Ese viaje entre ocasos parece no privarse de un paseo por la pornografía política.

Por Joaquín Morales Solá
Para LA NACION

Link corto: http://www.lanacion.com.ar/840045

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